
Me gusta el invierno de los
pueblos olvidados
y el ladrido armonioso de los
perros
que hace demorar la nieve en
su caída.
Me gustan las iglesias con
los tejados caídos
que sirven de granja
improvisada
y a los gallos de prostíbulo.
Me gustan las manos
trabajadas
que acarician como lija las
caras de los niños
haciéndoles llorar.
Me gusta el olor del tomillo
y de la jara,
que se mezcla con el trigo
en los tiempos de cosecha.
Me gusta el olvido sutil del
apellido
que los pueblos cambian por motes taberneros,
aunque el cementerio lo
recuerde muchos años.
Y como aquí
hacer poemas resulta
sospechoso,
despego en la noche como siempre
y regreso a la cama para
sufrir a solas.
Carlos Gamarra