UNA MAÑANA ESPECIAL
Pensé que nunca iba a llegar. Pero llegó.
Aquella mañana me desperté con el sol. Ese sol mediterráneo
inundó mi habitación con una especial luminosidad;
una luz amarillenta y cálida hizo que poco a poco tomara
consciencia de la vida. Me gustaba esta forma de incorporarme a
la actividad, suavemente y sin alteraciones, sin el terrible despertador
que a diario me había importunado con su ring-ring.
Desde la terraza de la casa, situada en un octavo piso, y divisando
el mar en la lejanía, me senté a degustar una exquisita
y humeante taza de café, recién hecho. La intensa
luz me obligó a cerrar los ojos, el día estaba totalmente
claro y no se divisaba ninguna nube en derredor. Los pensamientos
afloraron. El sueño de la noche pasada me inquietaba. Retomar
una amistad perdida, sin confianza ni interés por ambas partes...
Fue una pesadilla quizá provocada por la copiosa cena de
la noche anterior. Se acabó de pronto y sin resolución,
como la mayoría de los sueños. No era tiempo de preocuparse.
La sensación de libertad y de autonomía, era desconocida
para mí. Intenté absorber la intensidad del momento,
tener todos mis sentidos alertas para capturar cualquier emoción
por pequeña que fuera. Era mi tiempo y mi vida. Era la soledad
buscada. Esa soledad tan ansiada y esperada por mí. Decidí
que era un día estupendo para pasear por la playa. Sin teléfono
y sola, capturé el aroma del mar, su color azul, turquesa
en la orilla e intenso en la lejanía. El perfume de las flores
con los vistosos atuendos de la buganvilla, los hibiscos, el jazmín,
la infinidad de plantas que adornaban el paseo hasta el final del
muelle, el trajín de los pequeños pescadores con sus
barcas. No quise perderme nada...
Fue mi primer día de prejubilada. Después llegaron
otros y otros, pero esa mañana fue especial
, y la recordaré
el resto de mi vida.
KARMELA
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