Un viejo amigo
(J.Koblan)


Salí del portal y los ojos se me inundaron de lágrimas por el frío de noviembre. Agarré el cuello del anorak para cerrarlo y fui hacia la izquierda con la mirada baja. Me quedaban dos giros más hasta el bulevar donde estaba la parada del autobús para ir al instituto. Aún no había amanecido.

Al levantar la vista lo vi venir. Balanceándose. Por la misma acera por la que yo iniciaba mi camino aquel primer día de clase. Detrás, el haz de luz fija agravaba el vaivén de aquella sombra solitaria. Aumentó la presión en las sienes con la que me había levantado y noté un tapón en la garganta.

La mancha oscura iba creciendo a medida que nos acercábamos. Pasé la mano del cuello al hombro, cruzándola sobre el pecho, a modo de escudo, estrujando la correa de mi mochila. La calle no terminaba. Me parecía mucho más larga que la tarde anterior cuando, mi padre y yo, la habíamos recorrido después de la mudanza. Estaba ya tan cerca que apenas distinguía el cerco luminoso pero, una especie de magnetismo me impidió cruzar al otro lado.

En un insólito silencio urbano, empezó a serenarme percibir la imagen de un anciano. Visera, zapatillas y abrigo de tostado paño. Las manos ocupadas por una manta y una silla de tijera. Respiré aliviado el aire glacial, pero no pude evitar dar un respingo al escuchar su áspera voz: - " ¡Oye chaval! ¿Tienes un cigarrillo? ". Me lo dijo furtivamente. Frené en seco y busqué en el bolsillo del forro, aún sabiendo que no llevaba tabaco, mientras le observaba.

Abrió la oxidada silla junto al bordillo y, sujetándose en ella, se sentó. - " ¡Sabes! Mi hija me prohibe que fume. Sonreía mientras levantaba pesadamente la mano señalando al espacio de acera iluminada. - " Siempre anda vigilándome. Hasta con los médicos se ha puesto de acuerdo. Me atiborra a pastillas, doce al día. No me da nada de lo que me gusta. Y me sirve en la cocina para que no vea lo que ellos comen ". Continuó haciéndome algunas confidencias según iba desdoblando la negruzca manta sobre sus piernas. Antes de marcharme le prometí que al día siguiente le llevaría algo de tabaco.

A partir de ese día, ninguno de los dos faltó a la cita. Cada mañana yo me encontraba con Maximiliano, a la sombra de la panadería de su hija. Cualquier cigarrillo que yo hubiera podido conseguir el día anterior, en casa o en el colegio, lo disfrutábamos juntos. A él le gustaba hablar y verme hacer círculos blanquecinos con el humo que salía de mi boca; y a mí, hacerlos mientras le escuchaba. - " Antes me sentaba donde la farola, frente a la tienda, pero desde la obra del portal me vengo más lejos. Así no sale a regañarme en cuanto no tiene ningún cliente. No hay quién la aguante y yo ya no tengo ánimos para discutir ".

A las tres o cuatro semanas de nuestra llegada al barrio, mi padre se percató de la sisa de tabaco y me impuso la penitencia del fin de semana sin salir, inconsciente del poco sacrificio de la pena, salvo porque tuve entonces que limitar la fuente y conformarme con el saqueo en el instituto. Como compensación a mi amigo, comencé a ingeniármelas, para guardarle alguna de las cosas de comer que le negaba su familia. Una vez me arriesgué con el orujo, que tanto me había dicho que le gustaba. Por la mañana, cuando lo sacaba, como un tesoro, de mi mochila, su gastada tez se iluminaba. Lo escondía bajo la manta y con sus pálidas manos, rodeaba una mía agradecido. Después, fumábamos uno o dos cigarros, antes de irme a clase animado por él.

En varias ocasiones perdí el autobús de menos cuarto y me vi forzado a utilizar, con más de un profesor de las clases de primera hora, la excusa que desde el primer día me pareció tan conveniente, a pesar de los murmullos entre burlones e incrédulos de mis nuevos compañeros: - " Perdón, es que por las mañanas he de ocuparme de mi abuelo y a veces esto me retrasa ".

Fue antes de primavera cuando el miedo volvió a apoderarse de mí. Dejé silbando el ascensor, un poco antes que de costumbre. Al salir del portal hacia la izquierda, encaré la calle. La recuerdo más sombría que nunca. No había rastro de Maximiliano. La tienda desplegaba su reflejo por la acera. Caminé indeciso y me paré en el mismo lugar en que lo hacía todas las mañanas. Encendí un pitillo y recordé la tos que el día anterior le impedía hablar y le encendía el rostro. - " No es nada. Una de esas alergias de ahora " había dicho él. Esperé con un segundo cigarrillo. Quizás se hubiera retrasado. La panadería debía llevar abierta ya un rato. Miré la hora. No podía entretenerme más si quería dar un repaso antes del examen de matemáticas. Saqué de la mochila la bolsa que había preparado para él y la dejé en el bordillo. Allí la encontraría.

Eché a andar deprisa. Al pasar, algo en el contenedor frente a la tienda, llamó mi atención. La luz de la farola dispersaba unos afilados brillos entre los escombros. Me acerqué. Reconocí de inmediato la tela de nylon a la que estaban cosidos los herrumbrosos tubos de su silla y me ardió el estómago. También estaba, al fondo, el cobertor descolorido. Me volví al escaparate y escupí de rabia.

Esther Lucio
Marzo de 2005