que soportaron mis patadas.
Toda mi
vida -en invierno- era mi colegio,
tenía
ocho o nueve años.
Dónde
fue a parar mi niñez
y las
trenzas rojas que me vestían.
Dónde
mis piruetas sobre los patines
por esa
pista donde se deslizaba mi inocencia.
Dónde
aquellas pocas niñas que entraban
por la
puerta pequeña de la otra calle.
Dónde
nosotras que entrábamos
por la
puerta principal.
Y
ellas,
por qué
se sentaban siempre en las filas de atrás,
por qué
siempre eran bajas.
Por qué
llevaban un babi gris con un velo blanco, como de virgen.
A mí no
me gustaba
Tampoco
mi sombrero de fieltro con lazo de azafata
ni mi
uniforme gris adornado con cuadros azules.
Un día
fui alta y me di cuenta que tapaba a Adela
y a las
otras niñas de atrás. Mi madre
quería
que yo fuese alta y forraba botones
hasta
las dos de la madrugada.
La
portera de mi casa, la madre de Adela,
a pesar
de todo estaba agradecida.
Entendía
que su hija era de las más bajas
pero se
esforzaba.
MariSol
Huerta