Princesa 19

 

 

                                                        Para Alfonso, Carlos y Belén,

                                                        que soportaron mis patadas.

 

 

Toda mi vida -en invierno- era mi colegio,

tenía ocho o nueve años.

 

Dónde fue a parar mi niñez

y las trenzas rojas que me vestían.

Dónde mis piruetas sobre los patines

por esa pista donde se deslizaba mi inocencia.

 

Dónde aquellas pocas niñas que entraban

por la puerta pequeña de la otra calle.

Dónde nosotras que entrábamos

por la puerta principal.

 

Y ellas,

por qué se sentaban siempre en las filas de atrás,

por qué siempre eran bajas.

Por qué llevaban un babi gris con un velo blanco, como de virgen.

 

A mí no me gustaba

 

Tampoco mi sombrero de fieltro con lazo de azafata

ni mi uniforme gris adornado con cuadros azules.

 

Un día fui alta y me di cuenta que tapaba a Adela

y a las otras niñas de atrás. Mi madre

quería que yo fuese alta y forraba botones

hasta las dos de la madrugada.

 

La portera de mi casa, la madre de Adela,

a pesar de todo estaba agradecida.

Entendía que su hija era de las más bajas

pero se esforzaba.

 

MariSol Huerta