Miguel de Francisco

 

 
 

      


Peabody y la inspiración

El Avieso abre el grifo del olor a menstruación de lluvia.

Putas de cafetería celebran a su mentor con su brillantez cosmética: hacen ruido, bailan, ríen. Prometen a sus asiduos una mezcla angelical de sufrimiento y deleite.

Un coro de perturbados convocados en la orilla entona un himno de gracias con gritos de gaviota y los golpes contra el suelo de sus enseres domésticos.

Una recua de asesinos celebra con consignas de victoria las masacres de Pol Pot, la reunión de Wan See y la sangre fría de Beria. Cometan su decepción por la Defenestración de Praga.

Toda una ralea de pervertidos irrumpe en las capillas puritanas de Silesia y preconiza el vicio como única vía del espíritu para mantener el Arte.

Los grandes masturbadores cantan versos de Mishima y apuntan al Universo con sus dedos solitarios. Acuerdan peregrinar a una casa de Figueras y al Museo Reina Sofía.

En el Parque del Oeste un grupo exhibicionista abre sus gabardinas. Los manda un sargento audaz, eyaculador precoz.


Miguel de Francisco
Febrero 2006