Peabody y la inspiración
El Avieso abre el grifo del olor a menstruación
de lluvia.
Putas de cafetería celebran a su mentor
con su brillantez cosmética: hacen ruido, bailan, ríen.
Prometen a sus asiduos una mezcla angelical de sufrimiento y deleite.
Un coro de perturbados convocados en la orilla
entona un himno de gracias con gritos de gaviota y los golpes contra
el suelo de sus enseres domésticos.
Una recua de asesinos celebra con consignas de
victoria las masacres de Pol Pot, la reunión de Wan See y
la sangre fría de Beria. Cometan su decepción por
la Defenestración de Praga.
Toda una ralea de pervertidos irrumpe en las capillas
puritanas de Silesia y preconiza el vicio como única vía
del espíritu para mantener el Arte.
Los grandes masturbadores cantan versos de Mishima
y apuntan al Universo con sus dedos solitarios. Acuerdan peregrinar
a una casa de Figueras y al Museo Reina Sofía.
En el Parque del Oeste un grupo exhibicionista
abre sus gabardinas. Los manda un sargento audaz, eyaculador precoz.
Miguel de Francisco
Febrero 2006
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