PROEMIO DEL AMANECER

 

 

Porque todas las mañanas silbo su ceniza,

fumar tan sólo

con el suave roce de unos labios,

ahí donde el escaparate de un beso

es su proemio.

 

Donde fumar con sutileza

previene las últimas noches delirándote,

entretejido el humo en las estrellas

con la mecedora de Pegaso.

 

Y ni un celador desorientado

pasa por el campo, por el agua

de la calle dulce cerca mía.

Desnudaste tu misal, tu candil de talco,

y eso es

lo que provocó sueño en mi herida.

 

El pájaro asiente la aurora,

como si un grito le ahogase la boca

y me silbase.

 

Ahora mi voz se cuida de platillos y abalorios.

 

Ahora todas las mañanas, me disuelve esta memoria.

 

 

 

 

                                                                       Federico Monroy