VICTOR DONAMARIA

 

 
 
 
 
 

 

 

  MUERTE EN EL METRO


Si llego a saber, que iba a morir de esta forma tan cutre, seguro que no hubiese ido alardeando ante todo el mundo, que no tenia miedo a la muerte y que solo me aterraba el sufrimiento físico, que conlleva esta consecuencia de la vida.
Pero ¡joder¡ morir de una manera tan anodina como voy hacerlo, eso ya es otra cosa. Sobre todo sin darme tiempo siquiera, a formular una frase ingeniosa, por la cual se me recordase.
Les cuento:
Iba camino del metro y noté un dolorcillo en la nuca, pese a mi hipocondría irredenta, no le di mucha importancia. Empecé a mosquearme mas que un pavo en Navidad, cuando bajaba la escalera mecánica, y el dolorcillo, se iba convirtiendo en dolor fetén. Cada vez más aturdido, alcancé a sentarme en el último vagón del tren que arribó a la estación de Vilumbrales, y coincidía con el fin de la maldita escalera mecánica.
Fue el último movimiento que hice en mi ya, escasa vida, pues una vez sentado-es un decir- como un ángulo de 45º y los brazos y manos apoyados en mis rodillas, perdí todas mis facultades físicas, solo me quedó el oído, la vista y el movimiento de los párpados.
Iba en el vagón, acompañado en los asientos de enfrente, de dos tipejos con aspecto moruno o sudaca, no estoy seguro, y la verdad es que me importa un carajo.
Imagínense, como para acertar las nacionalidades de los pájaros estaba yo. Empecé a alarmarme. Intenté introducir la mano en el bolsillo de la cazadora, donde habitualmente suelo llevar un comprimido, el cual, según los médicos me lo debería tomar en caso de urgencia, y me recuperaría el tiempo necesario para llegar al hospital más cercano
No tuve tiempo de comprobar la eficacia del producto, pues no podía mover mis manos. En la siguiente estación (Cuatro Vientos) entraron tres muchachitas con aspecto e infraestructura estudiantil, y tuve la desdichada idea de llamar sus atenciones, mediante guiños para que no sé como, llegar a mi bolsillo y conseguir alcanzar el comprimido. Ignoro que entendieron, pero me miraron con cara de desprecio, y oí a una de ellas algo así como jodido viejo verde, y se fueron al vagón contiguo.
El tren seguía su marcha por la línea 10, que creo es la mas larga de Madrid. Entraban unos y salían otros. En la siguiente parada entró el músico de rigor, que se dedica a destrozar cuantas interpretaciones realiza. ¡Y encima, tiene la desfachatez de pedir dineros por sus asesinatos musicales! Hizo tintinear su cajita de plástico bajo mis narices para llamar mi atención. (Yo seguía mas serio que Búster Keaton) Como le respondí de la única forma que podía, o sea moviendo los párpados, me lanzó un ríete de tu puta madre. Creo que fue injusto, después de todo yo me estaba muriendo, y además mi madre no tenía vela en este entierro-y nunca mejor dicho-.
Varias estaciones mas adelante, no sé si Alonso Martínez o Nuevos Ministerios, aparece otro espécimen de la fauna urbana. El que pide limosna diciendo que acaba de salir de Carabanchel, (todavía no se ha enterado que la terrorífica cárcel ya no existe, pero mola mas decir Carabanchel que el Goloso, ¡qué quieren que les diga!), y que podría atracarnos (así en condicional), pero como le ha prometido a la Virgen no volver a robar, y que le esperan cuatro chinorris en la keli, pues eso, que le demos algo. Pasa delante de todo el vagón exhibiendo un aspecto, que nos hace pensar a toda la basca, que si no está todavía en el trullo será por otro error judicial, y claro, el personal con el amenazante aspecto del titi, se acojona y suelta la pasta.
Al no contribuir con mi óbolo a paliar sus desgracias, o al consumo de alienantes, me atiza con la lata del dinero en mi ya dolorida cabeza, por mor de mi cercana muerte.
Y yo con menos vida a cada instante.
El convoy acaba su recorrido en Fuencarral pueblo, el final de la línea. El conductor comprueba que no hay nadie, y se coloca en el vagón último para conducir, y este último se convierte en el primero del nuevo convoy -hago esta digresión,- para llamar la atención del avezado lector o lectora, (hay que hilar muy fino con lo políticamente correcto) que forzosamente tuvo que verme allí sentado desde la mañana, seguramente pensaría que era otro jubilado que debido al frío que hacía, pasaba todo el día en el suburbano, con su abono mensual a precio de ganga.
Y yo muriéndome cada vez más. Es para descojonarse si la situación no fuese tan chunga.
Así transcurrió todo el puto día, desde la cabecera de línea, Puerta del Sur, hasta el final, Fuencarral, y vuelta a empezar. A cada persona que trataba de llamar su atención moviendo los párpados o haciendo extraños guiños, si era un hombre me llamaba maricón, no homosexual o gay, no, maricón, como suena. Si era mujer o bien me atizaba en la cabeza con el bolso o con lo que fuese o se cambiaba de lugar, mirándome despreciativamente.
Hubo una excepción, hubo una mujer que quiso hacer algo por mi. Una pilingui se sentó junto a mí y me susurró al oído "Treinta euros y te hago el francés", al no recibir contestación adecuada de mí, rebajó su caché y se ofreció a dejármelo en veinte, al seguir sin contestación adecuada a su, en otras circunstancias aceptable oferta, me mandó a tomar por culo, y se dedicó a otros posibles clientes más asequibles. Cuando el mendigo de la amenaza volvía a encontrarme dos o tres horas después, sin mas explicaciones, me atizaba otro latazo.
Mi cabeza no aguantaba más, cada vez mas muerta.
A toda esta fauna urbana, hay que añadir el presunto sordomudo. (lo de presunto es por seguir hilando fino, pues hay coleguis, que se la lían con un papel de fumar) Éste va entregando una sobada cartulina con una serie de dibujos, que deberían servir para traducir el lenguaje de signos, pero la verdad hay que echarle imaginación ¡Ya las habrán visto! Me ofreció una, al no alargar la mano, la dejó depositada sobre mi rodilla con un gesto de desgana ¡ Como si yo tuviese la culpa de estar muriéndome! Después al recoger las cartulinas y las escasas limosnas, no pude alargar la mía, y él, como teóricamente era sordomudo, no podía aludir a mi santa madre, así es que me atizó con nulo disimulo una patada en la espinilla la cual no me hizo mucho efecto, pues el dolor de mi cabeza era inmensamente superior. ¡ Pero lo hizo a mala leche!
Al final del día en la estación ultima, también para mi vida a la que ya no le quedaba ni un hálito, el conductor que iba revisando todos los vagones antes de cerrarlos, me advirtió que debía bajarme, me zarandeó y caí al suelo del vagón en la misma postura que tenía cuando me senté a los 10 am. Hay una canción popular sobre un tipo que murió sentado en una silla y no lo podían enterrar, pero ya no estoy para muchos rollos.
Me consuela algo, no mucho la verdad, haberme muerto el mismo día que el Woytila, por mi hermana lo digo, pues la pobre es de misa diaria y tiene confesor propio ¡Imagínense que ilusión! Como va a disfrutar contándolo en el mercado.
Si lo sé no me muero.


Víctor Donamaría Arrieta, abril 2005