Mis labios se aplastan contra el cristal,
mis manos pestañean y mis brazos se vuelven movedizos
cuando te aproximas,
te aposentas en mí como un pan en la mesa,
o como un arma de fuego en las estanterías.
Mi aliento se parece al de los lobos cuando tú me alientas
y te respiro como a un arco,
como a las fauces de una flecha
envenenada de vida a cualquier precio.
Penétrame salvajemente,
clávate en mí bien hondo
y dime con tu boca llena de sangre
que me has recorrido hasta el último bocado,
que tu veneno está seguro entre mis vértebras
y no pretenderá escapar de mi geografía.

 

M. De Francisco
Agosto 2008