| Mis
labios se aplastan contra el cristal, mis manos pestañean y mis brazos se vuelven movedizos cuando te aproximas, te aposentas en mí como un pan en la mesa, o como un arma de fuego en las estanterías. Mi aliento se parece al de los lobos cuando tú me alientas y te respiro como a un arco, como a las fauces de una flecha envenenada de vida a cualquier precio. Penétrame salvajemente, clávate en mí bien hondo y dime con tu boca llena de sangre que me has recorrido hasta el último bocado, que tu veneno está seguro entre mis vértebras y no pretenderá escapar de mi geografía.
M.
De Francisco |