Obediente, se encadena a la pared como un jumento.
Desconoce el contenido de su bolsa y su libro de horas.
Es débil y utiliza el crucifijo como lanza y como guía.
Con ellas me acusa y me maldice. He de huir.
Un diablo dictado por sentencias y sagradas escrituras
alimenta sus manos en un suelo embrutecido,
las piedras que arroja con violencia se estrellan en mi frente
y la sangre salpicada forma grumos dolorosos en mis ojos.
Me detengo y escupo la bilis verdinegra de mi propia rebeldía.
Escucho los tambores promisorios de una selva lejana
y el jadeo de los perros tras de mí.
Sus fauces estruendosas y el trazado incisivo de sus pasos
persiguen el sueño de mis piernas de habitar en tierra franca.
Miguel de Francisco
Noviembre 2005