LOS TRES PERROS DEL CAMINO

 

 

 

Aquella tarde Federico y sus amigos salieron de paseo para comprobar si los hayas del bosque se habían encendido de rojo en este otoño cicatero, que parecía como si no quisiera dar la luz.

Nada más salir del pueblo, una perra anciana, fatigosa también por los kilos (como tía Luisa, que me hace trampas en el parchís) Comenzó a dar vueltas alrededor de Federico como si le preguntara  porqué Nika no les acompañaba. No sabía que el día anterior, se había hecho daño en una pata, corriendo como siempre, como una loca, y tenía que guardar reposo.

Curioso, se acercó también un perro guapo (igual que Lorenzo, el novio de la prima Consuelo) y se quedó sin que nadie le invitara.

Y unos pasos adelante, otro perro, de pelo alborotado y ojitos de lobo (idéntico al padre de Susana, mi colega de pupitre) se unió a la compañía.

A primera vista parecía que se hubieran acercado para saludar, caminar unos metros y después marcharse cada cual por donde había venido.

Pero el camino avanzaba y sorprendidos, Federico y sus amigos comprobaron que no se habían acercado para un rato, no. Los tres perros estaban dispuestos a cortejarles todo el tiempo que durase el paseo, para que no echaran de menos a Nika

Claro que cada uno a su modo.

La Yaya con paso lento y jadeante, lo que obligó a más de un descanso.

Lobito guapo, un correr y un volver, para no perder la cercanía.

Y Fuguista,  desaparecido, se dejaba ver cuando no se le esperaba.

Con el sol ya debajo de las solapas del horizonte, de nuevo en el pueblo, los tres hicieron un corro de despedida a Federico.

A medida que los perdía de vista, tocaba el silbato que lleva siempre consigo (como el barco que toca la sirena cuando desatraca)

Y los tres ladraron en la lejanía.

 

                                                                                         Carmen Paredes