LA
HERIDA ABIERTA
Deambulo
por la casa
y
aquí todo es igual:
el
sillón y su lámpara de pie,
el
desorden de los libros,
el
vacío de los espejos.
Me
pregunto si podríamos
hacer
algo para evitar
mi
mala compañía;
ir
al cine, a un templo comercial.
Llego
hasta la cocina
y
me preguntas:
¿ quieres
un café?
Nos
besamos
y
aparecen buenos síntomas,
pero
enseguida
vuelvo
a mis cosas,
a
buscar alguna coartada,
como
si la felicidad
no fuera asunto mío.