Hoy es día de caléndulas, de garras armadas en el cielo de la boca, listas para filtrar palabras como soles, ¡oh mayo enjaezado de gotas de jengibre, de rosas decapitadas con estrépito, gozosas por la mucha golosina ingerida! Ayer se cumplieron 20 años del golpe prematuro del ave contra las rocas. Hay cuerpos deshechos monte arriba, entre las nubes; está la compañía del teniente Bravo que ha invertido sus órdenes y sus estrellas y hasta su anatomía; está la pistola del voluntario Peabody que la blandía hasta hacer temblar de pavor a la mismísima angustia de los pasillos de los hospitales; y el alma enrarecida por tres gotas de semen navega por las aguas del hermano de la costa, el caminante solitario de las playas del Egeo.


Era la noche de los caimanes, la noche pura y fulgurante, y de los segadores el pulcro atardecer en lejanas nubes de tormenta. Eran las gavillas de pedernal y musgo perlado de chispa y sinfonía, era la piedra filosofal y el sacramento entre chaparrones de esencia primitiva. Era la noche de los traidores y de sus víctimas sin papel, era el Hijo de Dios sin armas entre la selva y los altos montes. Eran los ojos del Creador y sus esquemas de furia y filantropía. Era el horrible mensaje que hoy recojo y tiendo al viento tras dos años de congoja, una rodilla deshecha en el límite de las vivencias. Es mi respuesta a una pregunta: "¿Acaso vale la pena vivir este dolor?"


Miguel de Francisco