CARMEN BLAZQUEZ

 

 
 

      

EL COLEGIO

Ayer, intencionadamente, di un rodeo para pasar por delante del que fuera mi colegio. Aquél que presenció de una forma directa los años de mi infancia y mi incipiente adolescencia. Donde aprendí a leer, a escribir, a hacer mis primeras cuentas. Donde tuve mis primeras compañeras de clase, mis profesoras, -todas ellas monjas… Donde intervinieron de una forma directa en ser, lo que ahora soy.
Ese día, ayer, sentí la necesidad de acercarme. Intenté abstraerme, dando un salto sobre el tiempo, y revivir aquellos años. Lo encontré distante, como si no hubiera formado parte de mi existencia. Y sin embargo, según me aproximaba, percibía un fuerte impulso de mezclarme entre los pupitres, y buscar por todos los rincones, para intentar recuperar lo que allí dejé. Lo que todas nos dejamos.
Los recuerdos comenzaron a aflorar. Los olores de las ropas negras de los hábitos, mezclados con el aroma de la colonia añeja de Gal de las alumnas. Los largos pasillos, las clases, la capilla… todavía permanecen en mi memoria, un poco desdibujados por el paso de los años. Las salidas por aquellos tétricos corredores, cuando llovía, cantando el 'alabado sea el santísimo…', que me impresionaban tanto, las chascas, las tocas. Un mundo diferente, su mundo, alejado de nuestra realidad.
Exteriormente todo estaba igual, solo lo alteraba un nuevo aparcamiento debajo del jardín. Miré hacia arriba, y comprobé que los aposentos de las monjas allí seguían, zona prohibida para nosotras y por ello más deseada. Aunque nunca pudimos ni tan siquiera atisbarlos.
Ensimismada iba en mis pensamientos, cuando llegué al portalón abierto de par en par. Un grupo de chicos y chicas adolescentes charlaban animadamente, a los pies de la escalera, con dos monjas.
Imagen imposible en mi adolescencia.
Seguí mi camino, y me olvidé de todo.

KARMELA