EL COLEGIO
Ayer, intencionadamente, di un rodeo para pasar
por delante del que fuera mi colegio. Aquél que presenció
de una forma directa los años de mi infancia y mi incipiente
adolescencia. Donde aprendí a leer, a escribir, a hacer mis
primeras cuentas. Donde tuve mis primeras compañeras de clase,
mis profesoras, -todas ellas monjas
Donde intervinieron de
una forma directa en ser, lo que ahora soy.
Ese día, ayer, sentí la necesidad de acercarme. Intenté
abstraerme, dando un salto sobre el tiempo, y revivir aquellos años.
Lo encontré distante, como si no hubiera formado parte de
mi existencia. Y sin embargo, según me aproximaba, percibía
un fuerte impulso de mezclarme entre los pupitres, y buscar por
todos los rincones, para intentar recuperar lo que allí dejé.
Lo que todas nos dejamos.
Los recuerdos comenzaron a aflorar. Los olores de las ropas negras
de los hábitos, mezclados con el aroma de la colonia añeja
de Gal de las alumnas. Los largos pasillos, las clases, la capilla
todavía permanecen en mi memoria, un poco desdibujados por
el paso de los años. Las salidas por aquellos tétricos
corredores, cuando llovía, cantando el 'alabado sea el santísimo
',
que me impresionaban tanto, las chascas, las tocas. Un mundo diferente,
su mundo, alejado de nuestra realidad.
Exteriormente todo estaba igual, solo lo alteraba un nuevo aparcamiento
debajo del jardín. Miré hacia arriba, y comprobé
que los aposentos de las monjas allí seguían, zona
prohibida para nosotras y por ello más deseada. Aunque nunca
pudimos ni tan siquiera atisbarlos.
Ensimismada iba en mis pensamientos, cuando llegué al portalón
abierto de par en par. Un grupo de chicos y chicas adolescentes
charlaban animadamente, a los pies de la escalera, con dos monjas.
Imagen imposible en mi adolescencia.
Seguí mi camino, y me olvidé de todo.
KARMELA
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