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El EXTRANJERO
Nada parecía augurar, esa cálida mañana de
estío, que la vida de Arnold ya nunca sería la misma.
El sol se había levantado por el mismo horizonte extendiendo
un abrazo de luz por el valle, la memoria de las nubes proseguía
su rumbo y los habitantes del pueblo emprendían sus quehaceres
cotidianos. Sólo la tahona de Manuel, siempre abierta al
amanecer, permanecía cerrada, y el grato aroma a pan reciente
no se mezclaba con el del café en los hogares vecinos.
Fue Ermidio, su cuñado, quien descubrió el cuerpo,
abatido sobre un saco de harina. Un rosetón escarlata condecoraba
su pecho a la altura del corazón.
Corrió la voz, y los hombres, abandonando sus faenas en el
campo se apiñaron en la plaza del pueblo, mientras las mujeres
arramblaban con los hijos que jugaban en la calle y se metían
en sus casas.
Hacia el mediodía, la canícula decidió que
la taciturna reunión se trasladara a la taberna. Allí
el vino soltó las lenguas, y las tinieblas de la duda alimentaron
el germen de la sospecha. Se miraron entre sí descubriendo
un asesino en cada uno de sus parientes, en el rostro de sus amigos,
en la mirada huidiza de los compañeros…, hasta que la ausencia
de Arnold, recluido en su peculiar refugio en lo alto de la colina
y dedicado a dar los últimos azules a los evanescentes montes
que rodeaban el valle -el mejor óleo que había salido
de sus manos-, comenzó a infestar el aire de murmullos acusatorios,
que pronto degeneraron en un inapelable veredicto de culpabilidad.
Se crisparon los puños, se fruncieron los ceños…y
el turbio fantasma de la vesania oscureció el alma de los
hombres.
Ermidio alzó una tímida voz para sugerir que debían
alertar a la Guardia Civil del pueblo vecino, pero la máquina
de la venganza ya estaba en marcha, y Arnold, por el solo hecho
de serlo, se convirtió en el extranjero en las destempladas
voces que gritaban su nombre camino arriba de la colina.
BARUCH
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