EL
CAMERINO
En esa caja de ilusiones, siempre hay alguien dispuesto a soñar
por unas horas, en ser otro diferente.
Todos tenemos nuestro camerino,
cometa voladora de colores chillones, por cuya cuerda vamos trepando
siempre, incluso a veces con éxito.
Cada camerino es distinto, pero
todos son como una caja de sorpresas sin fin, un proyector de adrenalina,
una droga que mantiene mientras dura la representación.
Son las cuerdas de tender la ropa,
por donde huyo.
En su espejo se repiten las nocturnas metamorfosis: el que entra
es un ser distinto del que luego sale.
En su espejo me mira una vieja asustada
pero contenta, coronada con un gran halo de adrenalina.
Detrás de su biombo, guardado por un cancerbero, se ocultan
cuerpos desnudos, con el estómago encogido, y almas avergonzadas
también de su desnudez.
Detrás de los biombos de
los camerinos, asaltan dragones chinos y dragones celestiales.
Detrás del biombo yo estoy
buscando mi voz de poetisa (de poetisa, no de poeta) y tengo el
estómago anudado con cintas de seda que me asoman entre los
dientes.
Fuera, bajo la lluvia, las palomas se envenenan, con los brotes
de los caramelos caídos de la bolsa de un niño.
Carmen Escohotado Ibor. Madrid, marzo de 2003
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