El frío azul me cala hasta
los párpados,
me cubre de espigas los
tobillos
hasta quedar secos los
colores
y un pozo en la bañera.
¡Cómo crece esta lluvia desde
el lodo!
La triste sal se precipita,
para nadar como un pez limpio
en un caldo de piedras.
La voz recorre las tablillas
por la vacilante luz del
sonajero,
ahuyenta la sed de gas en las
antorchas,
me cuido de las grapas en la
mesa.
Es el termómetro del barro,
un crudo calor de madrugada
que me clava en el costado
grietas de marfil,
tanques cubiertos de
pinceles.
Al límite de ocho
me salto las sanciones,
elijo de la rueda una
revista.
¡Qué los perros ladren al
desprecio!
Javier Koblan