A mi “generación” de poetas
El bazar se llena de gente bajo un zumo de limón
que Juana pinta en el cielo para ver amanecer.
Carlos jugaba con su reloj,
entonces era el siglo de Galip
y Esther llevaba diez años
leyendo para ser la mejor Sultana.
María de la O era una belleza
andalusí de la mano de Lorca,
y pisaba descalza las calles
del mediodía.
Manela acaparó las especias más increíbles
para la bodega de una carraca que esperaba en el puerto,
para venderlas luego en Chittagong.
Manuela tendió a mi paso telas de
colores extraños y pieles de Caribú.
A lo escondido, en una calle estrecha,
Pepe era el único que ofrecía mercancías prohibidas,
pócimas sacadas de libros excomulgados.
Una
Marisol colgó sobre mi cuello un amuleto para el amor incontrolable,
otra
Marisol me prometía la felicidad en una fumarola de adormidera.
Miguel era un cíclope mahometano
que arruinaba a golpes los muros de la ciudad.
De cerca
me seguía Urceloy, seduciendo a todas las mujeres
disfrazado
de Abu-l-Qasim, pero yo sabía que era él.
Sólo he
comprado un murmullo, por casi nada.