MARTA SANCHEZ

 

 
 

CUENTO DE NAVIDAD (O ANTICUENTO)

   Esta historia, que protagonizan los Reyes Magos y Papá Noel, ocurrió hace muuchos, muchos años, pero hasta hoy nadie ha querido (o no ha podido, ya sabemos cómo están últimamente los medios de comunicación con el tema de la monarquía) contarlo.

   Nuestra narración comienza días antes del 6 de enero, cuando encontramos a los Reyes Magos en pleno trajín, leyendo cartas, abriendo su E-mail (Sí, su E-mail, si el Vaticano se moderniza, ¿por qué no lo van a hacer los Reyes?), envolviendo regalos, convenciendo, como todos los años, a Melchor, el más anciano, de que no compre más caballitos de madera, que ahora les llevas eso a un niño, y te lo tira a la cabeza... En esas estaban, cuando Baltasar, que leía una nueva remesa de cartas, levantó la cabeza y exclamó: “¡Chicos, tenemos un problema!”  Gaspar preguntó: “¿qué pasa, otra vez el pequeño Bush nos pide un rifle automático?”  (No olvidemos que esto ocurrió hace algunos años, pero hay cosas que nunca cambian). Baltasar contestó: “No, no, peor, la carta es de Daniel, un niño que le pide una bici... ¡a Papá Noel! ¡Se ha equivocado de dirección!”

   En cuanto oyeron esto, Melchor y Gaspar se precipitaron a leer la carta. Gaspar se puso nerviosísimo: “Dios, ¿y ahora qué vamos a hacer? Ya no hay tiempo de reenviar la carta a Papá Noel, ¡con lo lento que va a el correo en estas fechas, la recibiría en febrero, y en esas fechas Noel no trabaja, y... ya sabéis lo que piensa de hacer horas extras, y... Dios, es horrible! Melchor le mandó callar: “Vale ya, Gaspar, siempre te pones en lo peor. Habrá alguna manera de arreglar esto, llamaré a Noel, y veremos qué podemos hacer”.

   Melchor, seguido de Gaspar y de Baltasar, se encaminó hacia una amplia sala de reuniones y pidió a su secretaria una videoconferencia. (Bueno, secretaria, era su sobrina, pero ya veis, del enchufismo no se libran ni en Oriente). A  los pocos minutos, hubo respuesta. “Espero que sea importante” Se escuchó... “Para una siesta que me echo...” Al hacerse nítida la imagen, los Reyes pudieron ver a un Noel despeinado, intentando abrocharse el traje rojo que le hizo famoso, y que, por coquetería, se niega a cambiar por uno dos tallas más grande.

-“¿Qué ocurre, Melchor? ¿Os habéis quedado sin consolas? Jo, jo, jo... Melchor le respondió que ese chiste ya se lo hizo el año pasado, y que prestara atención, porque se trataba de algo importante.  “Verás, Noel, hemos recibido por error una carta de un niño, llamado Daniel. La carta iba dirigida a ti, pero se ha debido traspapelar y nos ha llegado a nosotros, y ahora no sabemos qué hacer, no podemos llevarle a él la bici, porque eso sobrepasa nuestras funciones, pero tampoco podemos remitirte la carta, porque no llegaría”. “Ay, Dios mío, ay, pobre niño, qué pena...” Se oyó a lo lejos a Gaspar. Tras hacerle callar con una mirada,

Melchor se volvió a la pantalla, donde seguía Noel, con una expresión seria en la cara. “Vaya, vaya...” Dijo. “Esto sí que es un contratiempo, porque si no recibo la carta, no puedo hacer nada. Necesito ese papel para sellarlo, entregarlo en Administración, y mandar la orden para hacerle llegar la bici. Pero sin la carta... O cualquier otro documento compulsado... No, es imposible.

   En medio del silencio, Baltasar intervino tímidamente: “¿y si te lo enviamos por fax?” Noel negó: “No, no, tiene que ser el original”. Ante la mirada suplicante de Baltasar, Noel alegó: “lo siento, son las normas, yo sólo hago mi trabajo”.

   Gaspar gimoteó: “Dios, ¿y ahora qué vamos a hacer? Ese pobre niño se va a quedar sin bici, y estará triste, y nos odiará, y odiará las navidades, y... “ Noel tronó: “por el amor de Dios, ¿alguien quiere darle la pastilla a Gaspar?” (Esto tampoco lo sabe nadie, pero Gaspar está a base de prozac desde que una niña le descubrió y le preguntó si los reyes magos eran gays).

   Baltasar tranquilizó como pudo a Gaspar, y volvió a intervenir: “Y... ¿si nosotros le lleváramos la bici, como si fuéramos Papá Noel? Solo por esta vez”. Papá Noel interrumpió a Baltasar, asustado: “¿cómo? Eso no se ha hecho nunca, daría lugar a un conflicto de competencias, y... ¿os imagináis que el niño os descubre? ¿Qué iba a pensar de nosotros? No, no, ¡eso sería el caos!”  Melchor tranquilizó los ánimos, y dando una palmadita en la espalda a Baltasar, argumentó: “Noel tiene razón, Baltasar, tú eres muy joven para entenderlo, pero... estas cosas no se pueden hacer así, hay que pensar qué es lo mejor para todos... Lo mejor, yo creo, es organizar una Comisión de Investigación, y que se decida en ella.

   Y así se hizo, entre los ponentes, aparte de los tres Reyes y Papá Noel, se encontraba Robin Hood, el Hombre del Saco, y el Ratoncito Pérez. Todos tenían sus propias opiniones, y así lo hicieron saber. Robin Hood abogaba por robar una bici a un rico y dársela a Daniel, el Hombre del Saco comentó que, ya que el niño, se había equivocado, la culpa era suya, y merecía que no le trajeran nada, y el Ratoncito Pérez... su voto valía menos, por su condición animal, y por mucho que dijera, no fue tenido en cuenta.

   Como no se pusieron de acuerdo, la Comisión se alargó días, y días... hasta que Gaspar, horrorizado,  entró como una exhalación enseñando el calendario: “¡Es día 4, 4 de enero! Y nosotros aquí, Dios mío, y el pobre Daniel esperando su bici... es horrible!” Melchor trató de tranquilizarle, pero él también estaba nervioso. El tiempo se les había echado encima. Tuvieron que disolver la Comisión en seguida, ya que les quedaba poco tiempo. En medio de las despedidas, se oyó la voz de Baltasar: “Pero... ¿y

Daniel?” Todos se miraron confusos, sintiéndose algo culpables de no haber sabido encontrar una solución, y se esfumaron rápidamente, sin ni siquiera contestar al pobre Baltasar.

   ¿Y sabéis qué pasó? ¿Lo adivináis? Pues que pasó la noche del día 5... y el día 6... y Daniel se quedó sin su bicicleta por un simple error burocrático. Y es que... queramos o no, tanto Noel como los Reyes Magos... no dejan de ser hombres.

 

                                                                                             MARTA SÁNCHEZ.