Alas de antaño agitan la memoria
recreando tu recuerdo,
sacando del pozo del tiempo tus palabras,
que enlazan sueño y aire,
sonrisas y amarguras,
anhelos e ilusiones.
Palabras de recia entraña
pardas como los surcos de la tierra,
que engarzan torres y almenas
con negras perlas de fantasía.
Palabras que son hilos de la noche
para tejer las sombras del ocaso
en un manto de luna.
Palabras de mimbre y fresno
que entrelazan la urdimbre de tus versos,
campo y cuna de belleza,
rincón sagrado de poesía.
¡Tus versos!
¡Ah tus versos!
Fueron ellos los que movieron mi mano
para crear estrofas,
para intentar, como tú,
cantar a la muerte y a la vida,
al amigo, al amor, al grito,
a las noches de insomnio y agonía,
a la felicidad que ahoga
y al dolor que contrae.
Fueron ellos los que me hicieron
romper la costra del miedo
a dejar desnuda el alma,
poniendo en frases concretas
las ráfagas de niebla
que vagan por la mente.
Fueron ellos, en fin,
los que han hecho posible que ahora,
aunque tú no estés,
me sirvan de peldaños de infinito
para hablar contigo,
para sentir tu presencia,
para crear el lazo etéreo
del autor con la palabra,
del lector con el poema,
del amigo con el amigo,
del hombre con el universo.