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distancia No sé tu nombre. Te he visto muchas veces,
pero no sé tu nombre. Desde el día en que te vi sentada en el parque,
mirando los árboles con expresión serena mientras el sol hacía
brillar el borde de tu pelo, te he visto muchas veces, porque te he seguido. Pero
no me he atrevido nunca a decirte algo. Quizá sea porque de todo lo
hermoso es conveniente guardar una cierta distancia para que siga siéndolo
en nuestro corazón. También es posible que sea porque te he visto
acompañada por ese hombrecillo ridículo y petulante que hoy te ha
hecho llorar. Sí. Hoy te he visto llorar. Hoy he visto tus lágrimas
como hilos de plata que nacen del dolor, como gotas que caen del mar de la injusticia,
como hálitos fríos de desamor. ¡Con tanto amor como yo
tengo para darte! ¿Por qué has llorado? Te he visto hacer
feliz a un niño, acariciar a un perro, mirar una puesta de sol como si
el incendio del ocaso llenara de calor tu alma. Incluso una vez me has sonreído,
sin saber que ya eres para mí la esencia de la vida.. Y hoy lloras.
¿Por qué lloras, si tu vida es limpia como el azul del cielo? ¿Por
qué lloras, si tu alma es grande como el universo? ¿Por qué
lloras si sé que tu pecho es generoso hasta el sacrificio? ¿Por
qué lloras su tus manos deben dolerte de darlo todo? Tus lágrimas
han sido un río violento que me ha enfrentado conmigo mismo. Debería
decirte que estoy aquí, que puedo estar a tu lado con sólo un gesto,
que pondría mi fuerza y mi ser como parapeto para que se estrellara todo
aquello que pudiera hacerte daño. Pero no me atrevo. Si con sólo
verte se me hace un nudo en la garganta, me imagino lo que ocurriría si
me hablaras, si me miraras a los ojos, si me vieras. No me saldrían las
palabras. Ahora sí, ahora fluyen rápidas y alegres, porque cuando
escribo soy libre. Y siempre puedo hacerte llegar mi carta. ¡Pero tú
no llores! Tú eres la vida, el eterno regazo, la simiente futura, la razón
del amor. No llores aunque la intransigencia nuble tus ojos con el rocío
de las penas. No llores aunque la sinrazón de quien va contigo hiera tus
entrañas con el grito destemplado y su egoísmo rompa tu alma con
palabras ofensivas. - "¿Y tú quién eres para dar
consejos -podrías contestarme- si no eres capaz de intervenir?" Y
llevarías razón. Puede que me decida. Debo decidirme. He de hablarte.
He de decirte lo que siento. Debo darte una mano para iniciar juntos el camino,
dejando la otra libre para apartar cualquier obstáculo. Te dejaré
esta carta donde puedas encontrarla, y mañana, cuando veas en el parque
a alguien que te mira fijamente, que te sonríe, que te enseña las
palmas de sus manos aún vacías, sabrás que soy yo. Y podrás
decidir tu destino
y el mío. Alfredo
Vilches
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