Pez formado de agua dulce,
llevado por el viento que mueven
las alas de sus mariposas
con un alfiler clavadas al molino.
No pueden morir, han de continuar vivas
para seguir batiendo el viento,
y eso duele:
no quiero yo alancearlas.
Sé que otros las usan,
cuando vienen volando entre las nubes,
para hacer avanzar sobre el agua seca
las carabelas de antaño.
Han de estar todas colocadas en la misma dirección
y aletear todas al mismo tiempo:
no quiero yo hondear un cazamariposas.
Porque mi cabeza acabará convirtiéndose en árbol
en cuyo interior hará sus singladuras
a través del viejo mapamundi
escrito en sus hojas marchitas
y daré sombra y cobijo
al hombre que se ahorcará desde mi gargantilla de oro,
mientras la mujer que camina por el borde del precipicio,
que soy yo convertida en lago,
avanza repitiendo su imagen hasta el infinito.
Y la mariposa conseguirá al fin
anidar en una jugosa manzana
y se agusanará en su exquisito interior
antes de que venga el gavilán nocturno,
el que tiene una bruja reflejada en las pupilas
y se disfraza de pavimento medieval.
Y al fin conseguirá que su cuerpo,
devorado por libros ansiosos,
se convierta en letras de colores
y su clítoris sea acariciado
por una pluma del gavilán nocturno,
mientras miles de flores la aclaman
y la llaman pérfidamente,
intentando quemarla en su ardor.
¿No la ves con sus bellos colores
acunando una larva nonata?
C.E.I.,
Figueras, 2004.