A Cristina
Cuando siento el fulgor del día de fiesta
la soledad se clava en mi costado
como un labio deshecho por las balas.
Algo morderá la noche
en un rincón del mantel
donde mis ojos aguardan
como estrellas en los árboles.
Pero soy el más ferviente de tus ángeles
y no puedo vivir entre las calles,
Mira que ya comienzo a encorvarme
y temo olvidar tu nombre.
Tú, que inventaste las manos
y el deseo de abrazar,
que pronunciaste palabras
que acuñaron un sol en mis rodillas,
no me abandones como a un soldado roto
en el atroz tormento de la guerra,
pues me tendré que unir a sudorosos
y no podré gustar a los que duermen
ni abrazar los labios de tu ropa.
Miguel de Francisco
Septiembre 2006
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